Capítulo III
Entonces Abyssalis desapareció.
Eso es todo.
No hubo batalla.
No hubo desafío.
No hubo cadáver.
No hubo cenizas.
Y permitidme recordaros algo que algunos jóvenes Cainitas parecen olvidar:
cuando no existen cenizas, tampoco existe certeza.
Los servidores registraron Domus Atra. Los vasallos recorrieron caminos y dependencias. Se interrogó a criados, guardias y administradores. Las zonas más antiguas de la Casa fueron examinadas hasta donde aquellos encargados de hacerlo estuvieron dispuestos a admitir.
Nada.
No se ha hecho pública una última voluntad reconocida por la corte. No hay testigos de una ejecución. Nadie ha reclamado haber destruido al Señor. Tampoco apareció criatura alguna suficientemente insensata como para presumir de haberlo hecho.
El Cainita que había gobernado aquella casa durante siglos simplemente dejó de ocupar su trono.
Y Siena descubrió algo que ninguna casa antigua desea aprender: un dominio puede sobrevivir a la muerte de su señor. Resulta mucho más difícil sobrevivir a la duda de si ese señor está realmente muerto.
Al principio, naturalmente, todos se comportaron como suelen hacerlo los Cainitas cuando algo resulta incomprensible: lo llamaron política.
Algunos dijeron que Abyssalis había abandonado deliberadamente el Feudo. Otros hablaron de enemigos. Hubo quienes aseguraron que simplemente aguardaba el momento apropiado para regresar y castigar a quienes se precipitaran a repartirse sus posesiones. Una teoría excelente para impedir que vuestros rivales se sienten demasiado pronto en una silla vacía.
Pero después comenzaron los rumores.
Y los rumores, cuando proceden de suficientes bocas distintas, dejan de ser únicamente rumores.
Algunos visitantes aseguraron que su vitae parecía distinta después de varias noches en el Feudo. Más espesa. Más lenta. En algún caso utilizaron la palabra podrida. Las sombras siempre se han comportado de manera particular en Domus Atra. Es un dominio Lasombra; uno acepta ciertas extravagancias. Pero he recogido testimonios acerca de sombras que parecen desplazarse cuando ningún Cainita las gobierna, que permanecen unos instantes después de que la criatura que las proyectaba abandone una estancia o que parecen orientarse hacia determinados corredores y puertas.
La mayoría de esos relatos pueden explicarse mediante miedo, vino, cansancio o incompetencia. Desgraciadamente, no todos proceden de incompetentes. Ese detalle me molesta.
Y después está el bosque.
Aquí las historias resultan bastante más difíciles de atribuir a una intriga cortesana. Animales que abandonan territorios donde antes cazaban. Lobos que matan sin alimentarse. Raíces creciendo alrededor de enterramientos antiguos. Cadáveres que no se corrompen como deberían. Manantiales cuyo sabor cambia durante la noche.
Quienes habitan las lindes desde antes que muchos de los actuales vasallos de Siena aseguran que algo ha cambiado en la tierra. Cuando una criatura que ha sobrevivido siglos entre árboles os dice que un bosque no se comporta como un bosque, conviene escuchar.
No porque quienes viven fuera de los muros tengan siempre razón. Sino porque generalmente descubren antes que nosotros qué cosas pueden devorarnos.
Entonces comenzaron a faltar personas.
Viajeros que no llegaron a sus destinos. Mensajes que dejaron de cruzar ciertos caminos. Todo dominio antiguo tiene bandidos. Todo bosque tiene depredadores. Toda administración pierde alguna vez un mensajero. Pero cuando suficientes personas desaparecen, alguien termina formulando una pregunta muy incómoda: ¿quién gobierna realmente esos caminos?
No sé si todas estas cosas están relacionadas.
Eso conviene dejarlo claro.
Quizá Abyssalis desapareció y, por una coincidencia especialmente desafortunada, el bosque enfermó. Quizá la sangre no está cambiando y los Cainitas de Siena han descubierto una forma particularmente elegante de hipocondría. Quizá las sombras siempre hicieron esas cosas y nadie las observó con suficiente atención hasta que el trono quedó vacío.
Todas son posibilidades.
Pero existen demasiadas coincidencias. Y yo he sobrevivido demasiado tiempo como para confiar en las coincidencias.
Por eso considero equivocada la opinión de quienes afirman que la desaparición de Abyssalis ha creado únicamente un problema sucesorio. Una sucesión sería sencilla: un señor desaparece, otro ocupa su lugar, los vasallos vuelven a jurar, los enemigos protestan, los escribanos cambian algunos nombres y el mundo continúa.
Pero en Siena ocurre algo distinto.
El Señor desapareció.
Y después el Feudo comenzó a comportarse como si su ausencia hubiese dejado algo abierto.
Personalmente, preferiría una guerra de sucesión.
Las guerras, al menos, suelen tener la cortesía de explicar quién está intentando matarnos.