No puedo deciros exactamente cuándo Abyssalis comenzó a cambiar.

Nadie puede.

Quienes dicen poder hacerlo probablemente mienten.

O estaban demasiado cerca.

Durante las últimas décadas de su gobierno, las audiencias del Señor comenzaron a escasear. Los asuntos que antes exigían su presencia pasaron cada vez con mayor frecuencia por manos de custodios, administradores, escribanos y servidores. Aquello no era en sí mismo extraordinario. Los señores antiguos descubren pronto que gobernar cada disputa personalmente es una forma muy lenta de perder la eternidad.

Lo extraño fue la dirección de su atención.

Abyssalis parecía menos interesado en aquello que ocurría fuera de Domus Atra y más en lo que permanecía debajo de ella. Las cámaras antiguas volvieron a utilizarse. Algunas puertas permanecían cerradas durante noches enteras. Los criados hablaban de órdenes pronunciadas desde estancias donde luego nadie era encontrado. Hubo quienes aseguraron que las lámparas se apagaban antes de que el Señor atravesara ciertos corredores.

Los criados siempre saben más que los señores. Solo que suelen morir antes de escribir memorias.

También comenzaron a circular historias sobre los rituales de Abyssalis. Los religiosos preferían palabras como revelación, penitencia o prueba. Los supersticiosos hablaban de demonios. Los oportunistas afirmaban que el Señor había enloquecido y empezaban a calcular qué ocurriría si no regresaba de una de aquellas vigilias.

Yo prefiero una palabra menos elegante: algo.

Algo bajo la casa había conseguido atraer la atención de un Cainita que llevaba siglos sin necesidad de prestar demasiada atención a casi nada. Puede que fuese conocimiento. Puede que fuese peligro. Puede que ambas cosas sean, en el fondo, la misma tentación cuando uno ha vivido demasiado.

Por aquellas mismas noches comenzaron a llegar noticias extrañas desde las lindes. No eran todavía suficientes para provocar una crisis: animales que evitaban determinados senderos, campesinos que se negaban a entrar en ciertas zonas después del anochecer, servidores que juraban haber escuchado movimientos bajo tierra donde no existían túneles conocidos.

La corte hizo lo que hacen todas las cortes cuando una noticia resulta inconveniente: la llamó superstición y continuó cenando.

Abyssalis, en cambio, continuó descendiendo.