Capítulo I
Hay señores que poseen tierras.
Hay señores que poseen hombres.
Y hay algunos, más peligrosos, que consiguen que hombres y tierras olviden que alguna vez pertenecieron a otro.
Dominus Ater Abyssalis pertenecía a esta última especie.
Preguntad cuándo llegó a Siena y obtendréis tantas respuestas como criptas antiguas existen bajo sus colinas. Algunos aseguran que apareció cuando Roma todavía agonizaba. Otros juran que ya era viejo cuando los reinos que sucedieron al Imperio aún aprendían a escribir sus propios nombres. Los Lasombra, naturalmente, conservan versiones más solemnes.
Lo que puede afirmarse con cierta seguridad es que Domus Atra, el Feudo Negro, hunde sus raíces en las noches posteriores a la caída del Imperio Romano de Occidente y que Abyssalis fue su fundador y señor. Las crónicas de la Casa cuentan que descendió bajo las colinas de Siena y encontró una cripta donde una Corona descansaba sobre una Calavera. Dicen también que, cuando tomó la Corona, su sombra no lo siguió: se arrodilló ante él.
No estuve allí. Ninguno de quienes afirman haberlo estado continúa disponible para preguntas. Por tanto, haréis bien en tratar esa parte como lo que es: una historia antigua contada por criaturas que han tenido siglos para mejorarla.
Pero Domus Atra sobrevivió. Eso no es una metáfora. Sobrevivió a guerras, pestes, obispos, linajes lombardos, cambios de dinastías, cruzadas y a esa costumbre particularmente humana de llamar eterno a todo aquello que apenas ha resistido dos generaciones. El Feudo aprendió a gobernar caminos, monasterios, familias, juramentos y deudas sin necesidad de anunciar cada noche que lo hacía.
Con el tiempo, tres figuras comenzaron a repetirse en sus blasones, sus juramentos y sus ceremonias: la Corona, la Espada y la Calavera. Para algunos eran únicamente símbolos de autoridad, custodia y permanencia. Para otros constituían una doctrina más antigua. Si preguntáis a tres miembros de Domus Atra qué significan, probablemente recibiréis cuatro respuestas.
Durante siglos, sin embargo, había una certeza que nadie necesitaba discutir: Abyssalis era el Señor. Podían odiarlo, temerlo, servirlo o conspirar contra él. La existencia de un gobernante no estaba en duda.
Y en una sociedad de inmortales, donde todos recuerdan al menos una guerra nacida porque alguien se sentó en la silla equivocada, esa clase de certeza vale más que el oro.