Si habéis recibido estas páginas, existen tres posibilidades.

La primera es que alguien considere que debéis saber lo que ocurre en Siena.

La segunda es que alguien quiera que creáis que sabéis lo que ocurre en Siena.

La tercera es que estas páginas hayan llegado a vuestras manos por error.

Si es la tercera, entregadlas al fuego y fingid que jamás las habéis visto. Si es la segunda, leedlas dos veces. Si es la primera, Dios os guarde.

Aunque, considerando hacia dónde viajáis, sospecho que Él tiene asuntos mejores que atender.

No confundáis esta crónica con la verdad. La verdad es una mercancía cara y rara vez viaja sin escolta. Lo que sigue ha sido reunido a partir de cartas, testimonios de servidores, relatos de viajeros, palabras pronunciadas en cortes donde nadie creyó que yo escuchaba y versiones incompatibles de criaturas que, por razones muy distintas, desearían que su versión fuese la única que sobreviviera.

He separado cuanto he podido los hechos de los rumores. No siempre ha sido posible. Cuando una casa lleva siglos gobernando mediante símbolos, juramentos y silencios, incluso un hecho puede terminar pareciéndose demasiado a una superstición.

Una última cortesía antes de comenzar: no supongáis que todos los Cainitas conocen cuanto aquí se escribe. El conocimiento no se reparte como el pan. Viaja con mensajeros, favores, rutas, sangre y miedo. Si vuestro señor os ha contado algo distinto, quizá sabe más que yo. O quizá necesita que vos lo creáis.