No es una justa.

No os dejéis engañar.

Habrá pruebas. Habrá desafíos. Es posible que haya sangre. Siempre hay sangre cuando los nobles desean demostrar que son civilizados.

Pero Mors Atra no ha sido convocado únicamente para comprobar quién maneja mejor una espada, quién habla con mayor elegancia o quién puede reunir más partidarios alrededor de una mesa.

El problema de Siena no es escoger un campeón. Es reconocer una autoridad capaz de permanecer cuando termine la noche.

Ruggiero della Rovere, en calidad de Custodio y Maestro de Mors Atra, ha abierto las puertas del Feudo a Cainitas capaces de presentar una pretensión, una representación o un interés legítimo en la sucesión. Algunos acudirán para reclamar el dominio. Otros vendrán a sostener a un aspirante. Habrá emisarios que solo desean regresar a sus señores con un nombre, acreedores que necesitan saber quién responderá por viejos pactos, observadores que decidirán si reconocer al vencedor y criaturas que considerarán más valioso comprender lo que ocurre bajo Siena que poseerla.

Quien aspire a gobernar deberá demostrar algo más que fuerza. Deberá sostener su palabra cuando resulte costoso, negociar con quienes no puede simplemente destruir, reconocer cuándo una deuda es una cadena y cuándo es el único muro que mantiene una casa en pie. Deberá inspirar obediencia, temor, confianza o alguna combinación suficientemente eficaz de las tres.

Y deberá hacerlo mientras todos los demás intentan averiguar qué desea realmente.

No esperéis que el torneo sea limpio.

Esperad que sea formal.

Existe una diferencia.

Domus Atra ha sobrevivido siglos porque sus juramentos importan incluso cuando quienes los pronunciaron desearían olvidarlos. Mors Atra pretende convertir la sucesión en algo que pueda ser visto, recordado y reconocido por suficientes testigos como para que el vencedor no herede únicamente una silla vacía, sino una autoridad que otros estén obligados a tratar como real.

Al final, uno de los convocados podría ser reconocido como nuevo Señor del Feudo Negro.

Podría.

En Siena, últimamente, conviene desconfiar de las frases que terminan con demasiada seguridad.